jueves, 23 de julio de 2015

Escuela Católica = Escuela Inclusiva

A continuación citaremos un fragmento de un documento titulado "Hacia un modelo de Escuela Católica", realizado por la Vicaría de Educación de la Arquidiócesis de Santiago de Chile. Este documento, a su vez, cita y se fundamenta en diferentes e importantes documentos eclesiales, como por ejemplo el Instrumentum laboris "Educar hoy y mañana, una pasión que se renueva", de la Congregacion para la Educacion Catolica (2014), entre otros.



La enseñanza de la Escuela Católica pone énfasis en la escuela como  comunidad, una comunidad educativa y una comunidad de fe. “La fe  se asimila sobre todo a través del contacto con personas que viven cotidianamente la realidad: la fe cristiana nace y crece en el seno de una comunidad”.
Se trata de una comunidad educativa que vive inserta en una cultura  con la que dialoga críticamente. El criterio que orienta tal diálogo es el reconocimiento de lo que nos une: ser personas llamadas a vivir en relación. La escuela es el primer umbral social, fuera de la familia, donde los estudiantes experimentan la pertenencia común en la diversidad de dones y condiciones.
Como expresión de su identidad evangélica, la Escuela Católica es inclusiva porque la inclusión tiene que ver con los engranajes más íntimos de la identidad creyente. “Ser católico es ser universal, porque el Evangelio es inclusivo, porque el Reino de Dios es, al mismo tiempo, don y promesa para todas y todos.” Por ello, “las diversidades psicológicas, sociales, culturales, religiosas no deben ser escondidas o negadas, más bien deben ser consideradas como oportunidad y don”, lo que implica que la Escuela Católica esté abierta a acoger a todo aquel que quiera ser parte de ella, generar en sus estudiantes la actitud crítica necesaria para comprender las dinámicas de exclusión, que no respetan la dignidad del ser humano, y facilitar la continuidad de los estudios de aquellos jóvenes con menos recursos, tanto económicos como culturales. La Escuela Católica debe ser consciente que la transformación humana se da en el encuentro con el otro, especialmente cuando la diversidad es considerada como oportunidad de aprendizaje, evidenciando la esencialidad de lo diverso como eje de lo formativo.
Las escuelas católicas deben hacer todo lo posible para promover la confianza y la colaboración genuina entre los docentes, con los padres - primeros educadores de sus hijos/as -, y con el equipo directivo, en vistas a fomentar la valoración de los diversos dones presentes; ello permite construir una comunidad de aprendizaje y de fe, y fortalecer la excelencia educativa. La Escuela Católica debe prestar una atención especial a la calidad de las relaciones interpersonales entre todos los estamentos, intencionando una cultura escolar coherente con el proyecto educativo católico, generando un clima de convivencia fundado en la confianza, el respeto y la corresponsabilidad.

Para ver el documento completo, puede acceder desde aquí

martes, 21 de julio de 2015

Gráficamente: ¿Qué es la inclusión?


De la escuela integradora a la escuela inclusiva

Agregamos un artículo que hace algunas distinciones bastante claras entre dos paradigmas: la escuela integradora y la escuela inclusiva. Y explica que el paso de uno a otro requiere una nueva forma de ver esta realidad llamada escuela. 
Este artìculo fue tomado de el siguiente sitio web:

Este paso supone un cambio de paradigma, es el salto existente entre dos paradigmas el de la Escuela Integradora y la Escuela Inclusiva. Nosotros les invitamos a dar ese paso.
  • El término inclusión es más amplio, insiste en la defensa de una escuela formada por toda la comunidad educativa. En la Escuela Integradora los alumnos y las familias son los receptores de la acción de la escuela y su participación se suele limitar a eso, dado que se les considera los clientes del proceso y no agentes del mismo.
  • La Escuela Integradora se fundamenta en principios educativos. La Escuela Inclusiva por su parte lucha contra los mecanismos de exclusión, su papel es generador de cambios sociales y estructurales en el sistema y la sociedad.
  • Por ello, en la Escuela Integradora, los alumnos aportan su presencia y esperan recibir un servicio. En la Escuela Inclusiva, participan en el proceso de cambio personal y social junto a sus familias y comunidad más cercana. En la Escuela Integradora, la comunidad del alumno se limita a los padres y hermanos.
  • En la Escuela Integradora, se pretende que el alumno diferente, ya sea emigrante, discapacitado, etc, asuma los hábitos y costumbres de la sociedad mayoritaria, sin contar con los problemas de identidad personal y cultural que se derivan de este proceso. La Escuela Inclusiva respeta, atiende y cuida las diferencias. Y, en ellas, ve motivo de riqueza, por lo que intenta que los alumnos, y con ellos su comunidad, participen en el proceso de enseñanza-aprendizaje, cultivando sus culturas y cualidades.
  • La Inclusión pretende mejorar la calidad educativa de TODOS sus miembros: alumnos, familia, comunidad,...
  • La Escuela Integradora parte de un criterio de "normalidad" irreal, al que trata de llevar a alumnos, familias y profesionales, considerándoles, de partida, individuos excluidos del sistema a los que hay que reconducir o reorientar. La Escuela Inclusiva se encuentra ante un doble reto, compensar o restablecer la exclusión del que se considera excluido y del excluyente, ya que los dos sufren una situación de no entendimiento y distancia.

La integración escolar


La integración educativa de los alumnos con discapacidad se inició en diferentes países en los años 60, dentro de un movimiento social de lucha de los derechos humanos, especialmente de los más desfavorecidos. El argumento esencial para defender la integración tiene que ver con una cuestión de derechos y con criterios de justicia e igualdad. Todos los alumnos tienen derecho a educarse en un contexto normalizado que asegure su futura integración y participación en la sociedad.
El derecho de todos los niños a la educación se encuentra consagrado en la Declaración de los Derechos Humanos y reiterado en las políticas educativas de los países; sin embargo todavía existen millones de niños y personas que no tienen acceso a la educación o reciben una de menor calidad.
El colectivo de los niños y niñas con discapacidad constituyen un grupo importante para el cual este derecho tiene que ser ganado en términos efectivos. El derecho a la igualdad de oportunidades es también ampliamente aceptado, pero estamos lejos de que sea una realidad generalizada. La igualdad de oportunidades no significa tratar a las personas igual, sino dar a cada uno lo que necesita en función de sus características y necesidades individuales. El derecho de todas las personas a participar en la sociedad implica que aquellas que presentan una discapacidad no tengan ningún tipo de restricción o discriminación en los diferentes ámbitos de la sociedad.
En lo que se refiere a la educación no deberían existir restricciones para que estos niños accedan a la educación común, ni deberían recibir una oferta educativa de menor calidad.
Una segunda razón por la que surge la integración es el fracaso de las escuelas especiales. Estas no siempre han logrado la meta que se proponían, formar adultos capaces de desenvolverse en la vida y de insertarse en la sociedad, lo cual es lógico por la segregación que han vivido en la escuela.
Las escuelas especiales no han proporcionado los beneficios que se esperaban, y el hecho de existir éstas ha conllevado que un gran porcentaje de alumnos que fracasaban en la escuela regular por una enseñanza inadecuada fuera a parar a ellas.
En muchos casos se han llenado de niños que tenían dificultades por un "fracaso de la escuela regular" y muchos niños con discapacidad, para los cuales se crearon, no han podido acceder a la educación.
Otros argumentos a favor de la integración tienen que ver con la calidad de la educación misma. Según Marchesi y Martin (1990) la integración realizada en las debidas condiciones y con los recursos necesarios es beneficiosa, no sólo para los alumnos con discapacidad, quienes tienen un mayor desarrollo y una socialización más completa, sino también para el resto de los alumnos, ya que aprenden con una metodología más individualizada, disponen de más recursos y desarrollan valores y actitudes de solidaridad, respeto y colaboración.
La integración beneficia al conjunto del sistema educativo ya que exige una mayor competencia profesional de los profesores y proyectos educativos más amplios y diversificados que se puedan adaptar a las distintas necesidades de todos los alumnos.

De la integración a la inclusión


Un nuevo término que encontramos en la literatura reciente es el de "inclusión".Como suele ocurrir frecuentemente cuando aparece un nuevo término, en seguida empieza a utilizarse sin cambiar realmente las concepciones y significaciones previas.
Esto es lo que está sucediendo con el término de inclusión, que se está empezando a utilizar como sinónimo de integración, cuando se trata de dos conceptos y aproximaciones distintas. Como se ha visto anteriormente, la integración está referida al grupo específico de las personas con discapacidad y es un movimiento que surge desde la Educación Especial e implica la transformación de ésta.
Obviamente, la integración también implica modificar las condiciones y funcionamiento de la escuela común, pero el énfasis ha estado más en lo primero que en lo segundo. Con gran frecuencia, la integración ha implicado trasladar el enfoque educativo individualizado y rehabilitador, propio de la educación especial, al contexto de la escuela regular, de tal forma que en muchos casos no se ha modificado la práctica educativa de las escuelas, y sólo se ha ajustado la enseñanza y prestado apoyo específico a los niños "etiquetados como de integración".
El concepto de inclusión es más amplio que el de integración y parte de un supuesto distinto, porque está relacionada con la naturaleza misma de la educación general y de la escuela común. La inclusión implica que todos los niños de una determinada comunidad aprendan juntos, independientemente de sus condiciones personales, sociales o culturales. Se trata de lograr una escuela en la que no existan "requisitos de entrada" ni mecanismos de selección o discriminación de ningún tipo; una escuela que modifique substancialmente su estructura funcionamiento y propuesta pedagógica para dar respuesta a las necesidades educativas de todos y cada uno de los niños y niñas, incluidos aquellos que presentan una discapacidad. Mientras que en la integración el énfasis está en la adaptación de la enseñanza en función de las necesidades específicas de los niños integrados, en la inclusión el centro de atención es la transformación de la organización y respuesta educativa de la escuela para que acoja a todos los niños y tengan éxito en su aprendizaje.
La educación inclusiva implica una visión diferente de la educación común basada en la heterogeneidad y no en la homogeneidad. La atención a la diversidad es una responsabilidad de la educación común porque las diferencias son inherentes al ser humano y están presentes en cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. Sin embargo, al igual que ha ocurrido en la sociedad, las diferencias en el ámbito educativo se han obviado, lo que ha dado lugar a la creación de estructuras y propuestas educativas diferenciadas para distintos colectivos de alumnos y alumnas (niños con discapacidad, niños indígenas, etc.).
La escuela inclusiva no es, por otro lado, algo totalmente nuevo en la educación; un ejemplo claro es la escuela rural en la que todos los niños y niñas de esa comunidad se educan juntos. El desafío es avanzar hacia una mayor generalización, especialmente en las zonas urbanas y de mayores recursos, donde existe un mayor nivel de exclusión.
Los modelos y propuestas educativas están influidos por la percepción y connotaciones de valor que se tengan respecto de las diferencias. Cuando se habla de diferencias sociales se está hablando no sólo de alumnos diversos, sino de alumnos que tienen diferentes oportunidades (unos tienen más que otros). Cuando se habla de diferencias culturales suele considerarse que hay una cultura mayoritaria y otras minoritarias que tienen menos valor e influencia en la sociedad. Cuando hablamos de diferencias individuales suele haber una tendencia a valorar más a aquellos que tienen altas capacidades; especialmente las de tipo intelectual.
La atención educativa a la diversidad está condicionada asimismo por la concepción que se tenga sobre las dificultades de aprendizaje. Como señala Ainscow (1998), existe una tendencia muy arraigada a percibir las diferencias en función de criterios normativos, de tal manera que aquellos alumnos que no se ajustan a los criterios establecidos como normales o estándares, son considerados diferentes, con dificultades o anomalías y en consecuencia, han de ser objeto de programas o servicios diferenciados, o simplemente son excluidos del sistema. Otra forma distinta es considerar que cada alumno tiene unas capacidades, intereses, motivaciones y experiencia personal única, es decir, la diversidad está dentro de "normal". Desde esta concepción el énfasis está en desarrollar una educación que valore y respete las diferencias, viéndolas como una oportunidad para optimizar el desarrollo personal y social y no como un obstáculo en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

HACIA UNA ESCUELA PARA TODOS Y CON TODOS** Rosa Blanco G. OREALC/UNESCO Santiago

lunes, 20 de julio de 2015

Se nos invita a cambiar nuestra manera de educar, es por esto que el blog se llama "Una educación para armar". La educación, aquí en la Argentina, y en otros países, todavía debe ser sometida a mutaciones: algunas superficiales otras un poco más profundas.Pero, también se nos ofrecen varias herramientas que nos ayudan y no nos abandonan a la hora de poner en práctica estas nuevas maneras de educar. Digo maneras de educar porque así como cambia  y progresa la comunicación, la higiene, la salud, etc., también progresa y cambia, para esto, la educación y su abordaje.
Aquí vierto la presentación del nuevo "Manual para el respeto del derecho a la educación inclusiva en escuelas comunes argentinas de los alumnos con discapacidad" extraída de http://www.adc.org.ar/manual-para-promover-la-educacion-inclusiva-en-argentina/


El “Manual para el respeto del derecho a la educación inclusiva en escuelas comunes argentinas de los alumnos con discapacidad” realizado por la ADC aborda el alcance de este derecho y las obligaciones que les impone a los actores del sistema educativo. También ofrece herramientas para avanzar en la eliminación de las barreras existentes para la plena inclusión de estos alumnos en escuelas comunes.

(Buenos Aires, 5 de marzo de 2015) – La Asociación por los Derechos Civiles (ADC) presenta su Manual para el respeto del derecho a la educación inclusiva en escuelas comunes argentinas de los alumnos con discapacidad. Esta publicación aspira a informar a las autoridades gubernamentales y los directivos, docentes y demás integrantes de la comunidad educativa de las escuelas comunes sobre el alcance del derecho a la educación inclusiva y las obligaciones que este derecho les impone. Al producir esta información, la ADC busca promover la eliminación de los prejuicios, creencias y actitudes discriminatorias que impiden que los niños, niñas y jóvenes con discapacidad puedan acceder a una educación de calidad en escuelas comunes.
En Argentina viven más de 600.000 niños, niñas y jóvenes con discapacidad en edad escolar que, al igual que los alumnos sin discapacidad, tienen derecho a la educación inclusiva. A la luz de este derecho, todos los alumnos, incluidos los alumnos con discapacidad, deben aprender juntos en escuelas comunes y contar con los apoyos que necesiten para acceder a una educación de calidad.
No obstante, de acuerdo a cifras oficiales:
el 4% de los niños y niñas con discapacidad de entre 6 y 14 años no asiste a la escuela primaria, una cifra que duplica la tasa de inasistencia escolar entre los niños y niñas sin discapacidad de la misma edad (1,85%).
el 35% de los jóvenes con discapacidad de entre 15 y 19 años no asiste a la escuela secundaria, porcentaje que se reduce a la mitad entre los jóvenes sin discapacidad de la misma edad (18%).


Sólo el 26% de los alumnos con discapacidad que está escolarizado concurre a escuelas comunes. El 74% restante asiste a establecimientos de educación especial, espacios segregados que infringen su derecho a la educación inclusiva.
Mientras que el 33% de la población de entre 20 y 24 años completó el nivel secundario de educación y recibió un título oficial que le permite cursar estudios terciarios o universitarios y acceder a un empleo formal, sólo el 13% de los jóvenes con discapacidad de esa edad alcanzó el mismo nivel educativo.
En este contexto, a fin de revertir la exclusión y segregación educativa de las personas con discapacidad, el Manual para el respeto del derecho a la educación inclusiva en escuelas comunes de los alumnos con discapacidad aspira a promover la eliminación de las barreras actitudinales que impiden que los alumnos con discapacidad puedan ejercer plenamente su derecho a la educación en las escuelas comunes argentinas.

Quien quisiera obtener el manual debe ingresar al link de la página mencionada.

















Sobre la manera de evaluar...


LOS PROGRAMAS DE EVALUACIÓN.

Extraído de "La evaluación de los aprendizajes en el debate didáctico contemporáneo" de Alicia R. W. de Camilloni

Si nos preocupamos hoy por determinar cuáles son los ejes en torno de los cuales gira esta cuestión, tendríamos que comprender, en primer lugar, que el propósito principal de la evaluación no se puede lograr si la evaluación no se convierte en autoevaluación tanto para el docente cuanto para el alumno. La evaluación, en segundo lugar, debe ser consistente con las concepciones de la enseñanza y del aprendizaje. En tercer lugar, la resolución técnica que se le dé debe permitir evaluar todos los aspectos que están comprometidos con los procesos de aprendizaje, lo cual supone desarrollar programas complejos de evaluación en los que se empleen una cantidad de instrumentos diversos y donde cada técnica sea adecuada para evaluar diferentes aspectos.
Los programas de evaluación deben ser diseñados por los docentes, como parte de la programación didáctica de sus cursos. Para ello, el docente debe conocer en profundidad la o las teorías de la evaluación y la variedad de instrumentos que existen. Estos conocimientos le permitirán diseñar programas coherentes con la programación de la enseñanza combinando instrumentos diversos, así como crear nuevos instrumentos de evaluación acordes con la multiplicidad y heterogeneidad de los propósitos de su enseñanza. Es también indispensable, si quiere desarrollar un buen programa de evaluación, que el docente conozca las normas técnicas para la construcción, administración, análisis e interpretación de resultados.
Queremos señalar que, en la medida en que un docente es responsable de la elaboración de su programación didáctica, deberá tener la misma libertad para diseñar y administrar su programa de evaluación. Los grados de libertad en la toma de decisiones deben ser equivalentes. Si así no ocurriera y si el docente tuviera libertad para decidir algunos aspectos de su proyecto de enseñanza y no la tuviera para decidir acerca de su programa de evaluación porque ésta le es impuesta desde el exterior, la evaluación no cumpliría otra función que la de servir de control, resultando minimizados sus posibles efectos positivos de mejoramiento de los procesos y de los resultados de esos procesos de enseñanza y de aprendizaje. Hay que recordar siempre que la libertad de quien enseña debe tener su correspondencia en la libertad de quien evalúa y en la libertad de quien aprende. Y, respecto de este último es importante recordar, como lo hace E. R. House (1994) citando a John Rawls, que ". . . respetar al otro como persona moral supone tratar de comprender sus aspiraciones e intereses desde su punto de vista y presentarle consideraciones que le hagan posible aceptar las limitaciones de su conducta" (pág. 129).

¿CÓMO EVALUAMOS?...
Un programa de evaluación y cada uno de los instrumentos de evaluación que lo integran deben cumplir con ciertas condiciones:

  • Deben permitir evaluar los aprendizajes que se esperan que los alumnos desarrollen 
  • Se deben seleccionar las consignas de modo que sean significativas en relación con los aprendizajes que se ha buscado promover 
  • Las consignas no deben producir respuestas que resulten irrelevantes para la evaluación del aprendizaje previsto 
  • El instrumento de evaluación debe permitir registrar no sòlo los éxitos y fracasos sino también el origen de esos fracasos 
  • Debe presentar el grado de organización suficiente que efectúa del aprendizaje para que permita desprender algunas conclusiones acerca del desempeño presente y futuro del alumno 
La elección de los instrumentos de evaluación adecuados a la hora de diseñar el programa de evaluación de un curso, por ejemplo, constituye una de las decisiones más importantes para garantizar el valor didáctico de la evaluación en relación con los procesos de enseñanza y de aprendizaje.
Existe una variedad de modelos de instrumentos de evaluación. Cada uno de ellos, tomado aisladamente, es insuficiente para obtener información sobre el aprendizaje de los alumnos. E1 diseño del programa exige, pues, la combinación de instrumentos diversos para obtener una cobertura adecuada. La eficacia de la evaluación depende, entonces, de la pertinencia de la combinación de diferentes instrumentos, de la oportunidad en que se administran y de la inteligencia y propiedad del análisis e interpretación de sus resultados.

viernes, 17 de julio de 2015

Por inclusión educativa ¿Todos entendemos lo mismo?

En el artículo que publicamos a continuación, vemos un planteo de inclusión educativa desde otra perspectiva. A lo largo del curso hemos visto la inclusión desde la perspectiva de la llamada “escuela inclusiva”, es decir, desde la búsqueda de una escuela que incluya a todos, y que trabaje desde la búsqueda de una inclusión total e incondicionada, centrada en el aula, y basada en principios de equidad, cooperación y solidaridad.
Pero el artículo se hace cargo de la “educación inclusiva”, en general, haciendo referencia principalmente a la búsqueda de garantizar la escolaridad y la educación de chicos y adolescentes. Lo hace desde una crítica al modelo propio de los últimos gobiernos, pero nos pareció un aporte interesante desde una perspectiva distinta, y con conceptos esclarecedores.


Miércoles 20 de mayo de 2015 | Publicado en edición impresa
Un debate necesario

La inclusión educativa es insuficiente

El problema del brillo es que a veces enceguece
Por Luciana Vázquez  | Para LA NACION

¿Es la inclusión la única respuesta que podemos dar a la hora de analizar todos los desafíos educativos que enfrenta la Argentina? ¿Es el objetivo excluyente o el marco conceptual que debe moldear obligatoriamente cada una de las decisiones que se toman en educación, no importa si se trata de primaria, secundaria o universidad? Mi hipótesis es que no es necesariamente así.
Pero me apresuro en aclararlo: tampoco se trata de descartar el concepto sin más, como mera reacción a su apropiación insistente por parte del kirchnerismo.
Es bueno subrayarlo: "inclusión" no es simplemente el grito de guerra que distingue al oficialismo. El relato educativo que insiste con la inclusión como norte de la educación no es nuevo ni es una creación del kirchnerismo, aunque es cierto que el kirchnerismo es la línea partidaria que más aprovechó la "inclusión" hasta convertirla en eslogan de marketing político de su visión socioeducativa del mundo argentino. La ley de educación nacional de 2006, que consagró la obligatoriedad de la escuela secundaria, por ejemplo, impulsada por el gobierno de Néstor Kirchner, es el broche de oro de esa concepción, que instala sin vueltas la idea de una secundaria para todos y no sólo para una elite o una capa social favorecida.
Eso en la Argentina. Pero es importante destacarlo: hoy la noción de inclusión domina la perspectiva educativa en todo el mundo. Garantizar la escolaridad y la educación de chicos y adolescentes a escala global es tan perentorio como combatir el hambre que muchas veces los aniquila.
Conviene dejar estas cuestiones en claro y hay una razón: el desgaste que hizo el kirchnerismo de la idea de "inclusión educativa" como consigna para enrostrar al adversario político distorsionó la riqueza y las dimensiones diversas que encierra la noción de "inclusión".
Porque ¿qué decimos cuando decimos "inclusión" en el terreno educativo? Ahí empiezan los dilemas. Para el mundo de la infancia y la adolescencia, la "inclusión" tiene el peso contundente de lo justo. Por esto también acarrea todos los riesgos de lo políticamente correcto, que se impone como verdad indiscutida. E indiscutible.
Ése es el punto: la "inclusión educativa" es, sí, un deber de las sociedades, pero al mismo tiempo es un concepto polémico y cargado de dilemas. Es decir, demanda una discusión que agite el lugar común y su tendencia a convertirse en certeza incuestionada que le pone mordaza a cualquier pregunta. Su implementación deriva, por ejemplo, en disyuntivas que todavía no están resueltas en la Argentina.
¿Alcanza con llenar las aulas para decir que se tiene una "escuela inclusiva"? ¿Puede haber inclusión sin calidad educativa? ¿Queda algo de vitalidad en la noción de inclusión cuando el origen socioeconómico de los alumnos determina desde el vamos sus posibilidades de éxito o fracaso educativo? ¿La inclusión educativa practicada en los últimos años no se confunde más con acción social que con verdadera equidad educativa? ¿No hay algo de estafa en una inclusión educativa que recurre con demasiada facilidad a bajar exigencias para retener a chicos a punto de quedar fuera del aula?
Con el kirchnerismo, esa moneda de dos caras -inclusión y calidad- que es la educación opacó una, la calidad, y le dio brillo a la otra: la inclusión. El problema del brillo es que a veces enceguece.
Pero hemos aprendido: no se puede predicar la inclusión sin la calidad y la equidad educativa. No alcanza con democratizar el acceso a la educación si no se democratiza también el éxito educativo. Eso todavía falta en la Argentina.
Lo que queda claro es que, aunque exige matices, desde la escuela media hacia atrás, hasta el preescolar, la "inclusión" es un eje central para pensar las políticas educativas.
A las puertas de la universidad, el panorama es otro. Quiero decir: allí la matriz de la inclusión pierde fuerza. Pierde la legitimidad contundente que tiene en primaria y secundaria. Pienso, por ejemplo, la política de acceso a la universidad como uno de esos casos en los que la inclusión no da todas las respuestas: la inclusión no es la única medida posible del grado de apertura del portón que conduce a la universidad. En ese borde del mundo educativo, el debate requiere otras preguntas.
Hay datos que confirman esa posibilidad. Los países más inclusivos del mundo en términos sociales y con menor brecha educativa entre pobres y ricos regulan el ingreso a la universidad con exámenes altamente selectivos. Finlandia, por ejemplo. Su objetivo de inclusión educativa en primaria y secundaria no genera el más mínimo complejo de culpa a la hora de restringir el ingreso a la universidad y poner cupos según los objetivos estratégicos de desarrollo del país.
Porque el otro marco para pensar el tema educativo universitario es ése: cómo construir conocimientos de punta para un desarrollo económico sustentable que redunde en verdadera inclusión, la del crecimiento económico futuro en sectores con mucho valor agregado y el pleno empleo de calidad, y no simplemente la de poblar aulas en el corto plazo. Por eso no es necesariamente "de derecha" plantear cupos e ingresos con examen en la universidad.
Sí, me adelanto a los cuestionamientos: la Argentina no es Finlandia. Es cierto, hay que decirlo: Finlandia ejerce sus restricciones universitarias sin complejos por dos razones. Una razón es que hay una economía que funciona y quienes egresan del secundario y deciden no ir a la universidad, o no lo logran, tienen un destino a pesar de todo. No necesitan un título universitario devaluado para hacerse un huequito en el mundo laboral y social. El sector de los oficios vocacionales tanto en el área de la manufactura como en los servicios cumple con la promesa de un futuro posible. Otra razón es que la inclusión en primaria y secundaria funciona: los finlandeses tienen educación para todos y de alta calidad. En ese contexto, la competencia por las posiciones universitarias es justa, se da entre iguales, con iguales oportunidades desde la cuna.
Sin embargo, tampoco países con serios problemas de equidad, como Brasil, plantean la inclusión como variable casi única a la hora diseñar sus políticas universitarias. Hay exámenes de ingreso rigurosos y selectivos en las universidades públicas brasileñas, que son de elite aunque gratuitas. Al mismo tiempo se buscan correcciones a la equidad con políticas de discriminación positiva para los sectores más vulnerables que se educan en la escuela pública. Pero no ingresa cualquiera: sólo acceden los mejores alumnos de esos sectores. Me estoy refiriendo a la ley de cuotas, sancionada en 2012. El objetivo: democratizar el sistema universitario público preservando la meritocracia, en palabras de la presidenta Dilma Rousseff. Es decir, calidad y exigencia en el nivel universitario ante todo, con consideraciones de inclusión.
La Argentina, en cambio, hace de la inclusión el centro excluyente de su política universitaria pública. El tema de la injusticia y los derechos se instala entonces a las puertas de la universidad: cómo llega una población con aprendizajes desiguales, de lo que en teoría no son responsables, la respuesta más obvia de un Estado en esas circunstancias es no condenar a la víctima, es decir, liberar el ingreso. O poner un CBC para intentar nivelar conocimientos y flexibilizar los regímenes de promoción.
Pero eso no es más que un intento estéril de emparchar un problema social difícil, que sucede fuera del sistema educativo, con una respuesta educativa demasiado simple y de corto plazo. La inclusión se convierte en cosmética, con efectos colaterales negativos; por ejemplo, atentar contra la consolidación de una economía del conocimiento que conduzca a una sociedad justa, genuina y de largo plazo. Y, sí, también estructuralmente inclusiva.
Por eso hoy la educación universitaria como un derecho y el ingreso irrestricto a la universidad merecen ser discutidos, más allá de la corrección política de la inclusión social y educativa.


martes, 16 de junio de 2015

Cuadro con las diferencias fundamentales entre el modelo de escuela integradora, y la escuela inclusiva, tomado del pensamiento de Rebeca Anijovich.